Otra Vereda para los Pasos de la Poesía
otorga el premio a
Me llenaste ojos y manos, escalé las paredes del aire que te contenían, y la brevedad dejó de latir para ser historia. No hubo cielo para alcanzar porque todo el cielo se hacía lluvia desde la voz que tus dedos llevaban a mi entrepierna, y al murmullo de mi sexo despojado de vergüenza.
He querido saber, si tus voces en el viento, son los esbozos de lunas compartidas. Alejar las dudas y sorprenderme descubierta en los primeros rayos de tus crepúsculos o amanecidas aún oscuras. Me pregunto si me estás palpando a mí, cuando mis ojos se encuentran con tus palabras o cuando mi sangre desprende oleadas rojas de añoranza, que perfilan tu silueta en mi memoria.
El esquife hiere lentamente la marea, tan sólo el entrecortado aliento de los ponientes le insuflan vida, no lleva destino: una sola vela rasgada le acompaña en sus lamentos. Un albatros solitario le custodia, sus pupilas se desgranan en tormentas que bambolean la frágil embarcación. Piélagos y llanto son un mismo horizonte sin crepúsculo. -Vastísima soledad y silencios rotos, como un adiós-. No hay versos suficientes para la travesía, ni pan, ni agua dulce para el anhelo. El mar se torna una nada indisoluble, relámpagos de dolor revientan en un matiz absurdo de tristezas y sombras de sueños resquebrajados.
Son sólo conjeturas, caricias que se esconden entre la fragilidad de las palabras. Engaños que me trazo y anido en los matices ingenuos de mi soledad palpitante. Ilusiones que apreso con mis manos llenas de madrugadas sórdidas.
Una epístola acunada en el anonimato de mi voz, impregnada con los momentos más tempranos de mis amaneceres en los que se difumina tu existencia.